Hoy os hablo de una campaña que cambió el equilibrio del Mediterráneo durante años, aunque no para siempre: la conquista de Túnez por Carlos V en 1535 y la caída de la llave que abría el paso a la ciudad, la fortaleza de La Goleta.
Hoy, La Goleta es un barrio costero pegado a la capital tunecina, asentado en el estrecho canal que une el mar abierto con el lago de Túnez. De la fortificación que allí se alzó en el siglo XVI apenas quedan restos identificables con seguridad. En 1535 era la llave de Túnez: quien la controlaba, controlaba el paso hacia la capital. Por eso fue el primer objetivo de la expedición imperial.
La crisis de 1534
Todo empezó el año anterior. El corsario Jeireddín Barbarroja, almirante de la flota otomana, expulsó de Túnez al rey hafsí Muley Hasán y tomó el gobierno de la ciudad en nombre del sultán otomano. La noticia llegó a la corte de Carlos V a finales de 1534 y la alarmó: una base turca en Túnez ponía en peligro sus posesiones italianas y abría el Mediterráneo occidental a la armada otomana. El emperador respondió por dos vías, la diplomática y la militar. Buscó apoyo entre otros príncipes cristianos —Francisco I de Francia se excusó, y hasta avisó al sultán de las intenciones imperiales— mientras ponía en marcha una movilización que involucró a Castilla, Aragón, Nápoles, Sicilia y Flandes.
Organizar la expedición
Prepararla llevó meses. En Barcelona se construyeron treinta y dos galeras de guerra a toda prisa, y por toda Andalucía se reclutó una leva bajo el mando de Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, que se instaló en Málaga para dirigir los preparativos. Los contingentes de Nápoles, Sicilia y Alemania, junto con el apoyo naval del almirante Andrea Doria, se fueron sumando durante la primavera, hasta que la flota conjunta zarpó hacia Túnez avanzado el verano de 1535.
El asedio de La Goleta
Carlos V desembarcó con el grueso del ejército en el cabo de Cartago, junto a las ruinas de la antigua ciudad romana, y dirigió desde allí el avance hacia La Goleta, la fortaleza levantada sobre el canal que había que tomar antes de llegar a Túnez. El asalto llegó el 14 de julio: seis horas de cañoneo, más de cuatro mil disparos y la armada de Andrea Doria batiendo la torre desde el mar. Con La Goleta en su poder, el ejército imperial avanzó por tierra y libró una nueva batalla antes de que Túnez se rindiera, el 21 de julio de 1535.

El coste fue alto, y tiene un detalle incómodo: quienes empezaron el saco fueron los cautivos cristianos recién liberados, y tras ellos entró todo lo demás, «que no hubo orden de detenerlos». La ciudad fue saqueada pese a las súplicas del propio Muley Hasán, el palacio real quedó robado y destruido, y más de 18.000 tunecinos fueron tomados como esclavos y repartidos entre las tropas. Illescas, que escribe desde el lado vencedor, cuenta que la matanza no paró hasta que «las lágrimas y alaridos de los niños y mugeres moviéron á piedad al César». Buena parte de los que desembarcaron eran aventureros sin sueldo que se habían sumado a la expedición contando precisamente con eso.
Sostener la plaza
Tomarla fue cuestión de semanas; conservarla, de años. Ya de vuelta el emperador en Europa, el ingeniero Antonio Ferramolino escribía el 31 de agosto de 1535 sobre las obras de fortificación que proyectaba —cisternas, hornos y almacenes que pensaba levantar en cuanto llegasen piedra y cal— y sobre la falta de galeras propias para transportarlas y escoltar el agua potable.
Ese mismo día, el genovés Antonio Doria —distinto personaje del almirante Andrea Doria— informaba de su mediación entre el nuevo alcaide de la fortaleza, Bernardino de Mendoza, y el rey de Túnez, enfrentados por si se permitía repoblar el cercano cabo de Cartago mientras siguiera habiendo cristianos cautivos en manos árabes. Meses más tarde, en diciembre, Ferramolino seguía pidiendo dos galeras para no quedarse sin abastecimiento antes del invierno.
El tamaño del problema logístico queda claro en los inventarios que dejó el propio ejército: más de 130 botas de vino, 77 quintales de bizcocho al peso de España y otros 77 al peso de Sicilia, 1.554 sacos de harina y 870 fanegas de trigo, firmados por Jerónimo Ortiz, a cuyo cargo quedó la vitualla para sostener a la guarnición que se quedaba atrás. Sostener La Goleta iba a exigir un esfuerzo de abastecimiento y fortificación casi tan grande como el que había costado tomarla.
La restauración de Muley Hasán
El 6 de agosto de 1535, en Túnez, Carlos V firmó una capitulación de paz con Muley Hasán que fijaba los términos de la victoria. El rey hafsí recuperaba el trono, pero como vasallo. Reconocía la superioridad del emperador y le pagaba cada año, en señal de ello, un tributo de dos caballos y dos halcones. Aceptaba una guarnición de mil hombres en La Goleta y —según la crónica de Illescas— corría él con el gasto: había de sostenerlos «de todo lo necesario y del sueldo conveniente». El rey vasallo pagaba la tropa que lo vigilaba. Se comprometía a liberar a todos los cautivos cristianos de su reino, a no consentir corsarios en su puerto, a permitir que los cristianos entrasen, morasen y comerciasen en Túnez con iglesias y misa pública, y a entregar al César cualquier plaza que se conquistase en la costa de Berbería. Lo pactado por escrito y lo cumplido después, como se vería pronto, no siempre coincidieron.
El Rey de Túnez no cumple en nada la capitulación que vuestra majestad con él hizo.
Bernardino de Mendoza, alcaide de La Goleta, al emperador. Carta del 20 de septiembre de 1535, seis semanas después de firmarse el pacto. Archivo General de Simancas, Estado, legajo 463.
No fue una anexión: Carlos V ocupó militarmente La Goleta, pero devolvió el resto del reino a un gobernante que a partir de entonces le debía vasallaje. La diferencia con una conquista total importaba, y se notó pronto.
El límite del triunfo

Barbarroja no esperó a la caída de Túnez. Mientras el ejército imperial se entregaba al saqueo, él tuvo tiempo de llegar hasta Bona, donde guardaba parte de su escuadra y su tesoro; se detuvo allí dos días, puso a punto las galeras y se metió en Argel. Ese otoño, Biserta se levantó contra el rey de Túnez. Antonio Doria salió con las galeras y doscientos arcabuceros a sostener a un monarca que, para entonces, no había logrado reunir ni trescientos hombres propios. No llegó a combatir: le pareció que «no se podía ganar nada, porque la tierra es muy fuerte», y se volvió a las obras de la fortaleza. El rey pidió cuatrocientos hombres más y Mendoza se los negó, por no quedarse él con tan poca gente. Poco después fondeaban también allí los corsarios Sinán de Esmirna, «el Judío», y Alí Arráez, con quince galeras, señal de que la costa seguía lejos de estar pacificada. Ese mismo verano en que había sido derrotado, Barbarroja encontró tiempo para saquear Mahón, en Menorca.
Su retirada tampoco fue la de un vencido. Desde Bona escribía Alvar Gómez el Zagal, en febrero de 1536, que Barbarroja acababa de marcharse con su casa —su hijo, su sobrina y sus mujeres— dejando Argel al mando de su lugarteniente Azanaga. Esta vez no se replegaba a la costa berberisca, como el verano anterior: iba camino de Constantinopla con veintiuna velas, y se llevaba las joyas y el dinero, según los avisos que llegaban a La Goleta, «para armar si el Turco no le ayudase a ello». Carlos V había ganado La Goleta y devuelto el trono a un rey vasallo, pero no había eliminado la amenaza que le había llevado hasta allí. Túnez y La Goleta volverían a cambiar de manos décadas después, en otra guerra que ya no sería esta.
