Hoy os hablo de un asedio tan largo que se comió generaciones enteras a los dos lados de la muralla: el que sostuvo Ceuta frente al ejército del sultán alauita Muley Ismaíl, desde el 23 de octubre de 1694 hasta 1727. El plano francés que veremos después fecha el levantamiento del sitio el 17 de marzo de 1727. Treinta y tres años es la cifra que ha quedado pegada al episodio, y con ella se lo suele presentar como el asedio más largo de la historia. Conviene matizarlo antes de seguir, empezando por la propia cuenta: si tomamos esas dos fechas, hay treinta y dos años, cuatro meses y veintidós días. Un plano francés impreso aquel mismo 1727 decía que los sitiadores llevaban allí «treinta y cuatro años». Tres cifras para lo mismo, y la discrepancia es tan vieja como el episodio: lo de «treinta y tres» es un número redondo que viene repitiéndose desde entonces, no una medición. No fueron tres décadas de combate ininterrumpido, sino un bloqueo con fases muy distintas —de hostigamiento intenso, de vigilancia más laxa y hasta una interrupción abierta de varios meses—, y no todos los historiadores lo cuentan como un único cerco. Lo que no cambia, se cuente como se cuente, es la escala humana: un soldado que llegara a la plaza siendo joven en 1694 podía haber envejecido antes del final definitivo del cerco.
Por qué Ceuta

Ceuta había sido portuguesa desde su conquista en 1415. Cuando Portugal rompió con Felipe IV en 1640, la ciudad decidió seguir fiel al monarca. Madrid lo pagó por escrito y en tres plazos: título de Muy Noble y Muy Leal en 1641, ciudadanía castellana para sus habitantes tres años después y, por real cédula de 1656, el título de Fidelísima. La cuenta se cerró en el Tratado de Lisboa, firmado el 13 de febrero de 1668: su artículo segundo mandaba devolver todas las plazas ocupadas durante la guerra, con una sola excepción nominal, Ceuta, que quedaba en poder del rey de España. Portugal reconocía así la soberanía española sobre la ciudad donde comenzó la expansión portuguesa.
Muley Ismaíl acabaría llevando la guerra hasta aquella plaza. Desde que subió al trono en 1672 se propuso expulsar del litoral marroquí cualquier guarnición cristiana: tomó La Mamora el 30 de abril de 1681, después de casi setenta años de dominio español. En 1684 los ingleses le dejaron Tánger, que abandonaron destruyendo antes la ciudad y el puerto. Y en 1689 le llegó el turno a Larache: a mediados de agosto la plaza estaba rodeada por diez líneas de trincheras enlazadas por ramales, con asesoramiento francés, y el 11 de noviembre el gobernador Fernando Villerías se avino a negociar la rendición, tras casi tres meses de cerco. Quien dirigía aquella operación era el alcaide de Tetuán, Alí Ben Abdellah, el mismo que dirigiría después el cerco de Ceuta. Tras aquellas conquistas en el litoral atlántico, Muley Ismaíl dirigió su presión contra Ceuta. Ceuta, además, dominaba la boca del Estrecho.
Cómo funciona el cerco
La defensa no dependía solo de las murallas. El sistema empezó a proyectarse en 1691, antes incluso de que el sitio se declarase formalmente, y desde 1692 dirigió su construcción el ingeniero Lorenzo de Ripalda: una red subterránea de minas y contraminas bajo el istmo que une la ciudad con tierra firme, excavada por mineros traídos de Almadén, Linares y Guadalcanal; en 1696 esa red ya rodeaba todo el perímetro exterior, y en 1723 se contaban 22 hornillos de pólvora excavados en la zona. Fue, sobre todo, una guerra de ingenieros e infantería atrincherada, no de grandes batallas campales.

Los efectivos cambiaron mucho a lo largo de los años; no tenemos aquí un recuento contrastado de ambos ejércitos al comenzar el cerco. Detrás de los soldados vivía una ciudad pequeña. Para septiembre de 1692, dos años antes del sitio, el estudio de Rodríguez Hernández publica un total de 2.730 personas, a partir de una relación conservada en Simancas. La tabla no cuenta solo a los hombres capaces de tomar las armas, mujeres, menores y religiosos: incluye también prisioneros, personas esclavizadas y familias judías. Y conviene no separar demasiado a los civiles de los militares, porque en Ceuta esa frontera era borrosa: casi todos los hombres figuraban en las nóminas del rey, como soldados o como servidores de la ciudad. El suministro llegaba por mar, casi siempre desde puertos andaluces, porque un cerco terrestre sin marina propia nunca pudo cerrar del todo la plaza. Ese detalle —Ceuta se sostuvo porque España mantuvo el control del mar— explica más que ninguna otra cosa por qué treinta y dos años de asedio no bastaron para tomarla.
El cerco, además, no se libraba solo con pólvora. El 9 de enero de 1705, pocos meses después de que Gibraltar cambiara de manos, los sitiadores arrojaron sobre la ciudad unos panfletos en los que aseguraban contar con la ayuda inglesa para conquistarla y conminaban a la guarnición a rendirse. De la misma documentación procede una carta del propio Muley Ismaíl, escrita en español, en la que se decía seguro de tomar la plaza y ofrecía la libertad a los militares españoles cuando eso ocurriera. Treinta y dos años dan para intentarlo todo, incluido desmoralizar al que está dentro.
El mundo cambia mientras continúa el sitio
Mientras Ceuta resistía, España cambiaba de dinastía. En 1700 murió Carlos II sin descendencia y estalló la Guerra de Sucesión, que puso el trono en manos de Felipe V y desvió a otra parte casi todos los recursos militares del país. El golpe más duro llegó en 1704: la flota angloholandesa tomó Gibraltar. Hasta entonces, la mayoría de los pertrechos que llegaban a Ceuta desde Andalucía pasaban por el Peñón, del que la ciudad dependía para casi todo. La plaza tuvo que reorientar sus suministros hacia Tarifa, un puerto más expuesto a los temporales del Estrecho, y en 1713 ya funcionaba una junta de abastos local, con representación de todos los estamentos de la ciudad, para coordinar lo poco que llegaba. Y con una paradoja que el propio tratado de Utrecht deja por escrito. El artículo X restringía la comunicación terrestre de Gibraltar con España para impedir el comercio fraudulento, aunque permitía comprar provisiones en territorio español si el abastecimiento por mar se interrumpía. Gibraltar se abastecía también desde Marruecos: sus víveres frescos llegaban de Tánger y Tetuán. Ese mismo artículo X prohibía dar refugio en el puerto del Peñón a los barcos de guerra marroquíes, y decía para qué: para que no se cortase «la comunicación de España a Ceuta». Londres quedaba así atrapado entre el sultán que lo alimentaba y el compromiso de no servirle de base contra la plaza española de enfrente.
La ruptura y el regreso del cerco
La única interrupción real llegó en 1720. Terminada la guerra de la Cuádruple Alianza, España pudo por fin enviar una expedición de socorro organizada por José Patiño: unos 17.000 infantes y 3.000 jinetes al mando del teniente general marqués de Lede, cuyos efectivos empezaron a llegar el 9 de octubre. El 14 de noviembre lanzó un ataque combinado: las galeras bombardearon las posiciones marroquíes y simularon un desembarco mientras el ejército atacaba por tierra. Cuatro horas de combate bastaron para echar a los sitiadores del campo. Se les tomaron 26 piezas de artillería, cuatro morteros, cuatro estandartes, una bandera y una cantidad importante de víveres y municiones, y se destruyeron su campamento, sus trincheras y sus minas. Nunca se supo cuántos murieron —la Guardia Negra del sultán se llevó parte de los cuerpos—, pero se recogieron 500 cadáveres; del lado español hubo 108 muertos y 268 heridos. Fue la mayor victoria española de todo el asedio, y no sirvió para acabar la guerra: tras varios enfrentamientos más, la expedición se replegó a la ciudad en la noche del 4 de febrero de 1721 y regresó a la Península poco después. Quedó en Ceuta una guarnición numerosa, pero los marroquíes volvieron a ocupar sus posiciones y restablecieron el bloqueo. En esta segunda fase la ciudad peleó sobre todo bajo tierra: más de veinte galerías corrían por debajo de las líneas sitiadoras y permitían volar los hornillos cuando conviniera.
Final y transformación de la ciudad
1727 marcó el final del cerco y del reinado de Muley Ismaíl. El sultán murió ese año, tras más de medio siglo en el trono, y dejó tras de sí una larga guerra de sucesión. El plano francés fecha la retirada marroquí el 17 de marzo y la atribuye a su muerte. Esa es la versión de la cartela; no permite por sí sola fijar el día del fallecimiento ni asegurar cuánto tiempo pasó entre ambos hechos. Lo que dejaron atrás da la medida de lo que había sido aquello: no un campamento, sino una población. Los españoles salieron a arrasarlo y quemaron, según un plano impreso en Francia aquel mismo año, entre diez y doce mil barracas. Más de treinta y dos años después de que llegaran.
Los moros la tienen asediada desde hace treinta y cuatro años; levantaron el sitio el 17 de marzo de 1727. Los españoles destruyeron sus obras y quemaron de diez a doce mil barracas. Se atribuye su retirada a la muerte de Muley Ismael, rey de Marruecos y de Mequínez.
Cartela del Plan de la ville de Ceuta, de Nicolas de Fer, grabado en 1727, el mismo año en que terminó el cerco.
Ceuta salió de aquello convertida en otra ciudad, y no es una forma de hablar: se había mudado de sitio. Vivir en el istmo, pegado al frente de tierra, era vivir bajo el cañoneo, y aquella franja hacía falta para alojar a la tropa. Así que la población civil fue pasando al otro lado, a la Almina, la península que cierra la ciudad por el este. Lo que empezó como una evacuación acabó siendo el emplazamiento definitivo: el cerco contribuyó a desplazar el núcleo habitado hacia la Almina.
Tres siglos después, la geografía no se ha movido. Ceuta sigue mirando al mar. Su permanencia en la monarquía española había quedado reconocida en el Tratado de Lisboa de 1668. Utrecht también la mencionó, en 1713, pero con otro propósito: impedir que los barcos de guerra marroquíes se refugiasen en Gibraltar y cortasen «la comunicación de España a Ceuta». Una cláusula sobre la navegación, no el trazado de una frontera terrestre.
Y cambió del todo quién vivía en ella, aunque eso no lo empezó el cerco. Cuando Ceuta pasó a Castilla, Madrid había ordenado expresamente respetar el idioma portugués «sin alterar ni un ápice las costumbres ceutíes». Pero el portugués seguía siendo la lengua escrita mientras el castellano se imponía en la calle, con la guarnición y el trato con Andalucía, y aquello acabó siendo un problema práctico: había que traducir los papeles que se mandaban a la Península. En 1679, quince años antes de que llegaran los marroquíes, el gobernador Puñoenrostro ordenó con el visto bueno de la ciudad que se usara el castellano. No constan quejas en la documentación citada por Rodríguez Hernández.
El cerco hizo el resto. Treinta y dos años de relevos continuos de tropas peninsulares terminaron de decidir de qué lado del Estrecho miraba la ciudad. La plaza que Portugal perdió en 1640 dejó de parecerse por dentro a la que había sido, y de aquello quedó la Ceuta de ahora: castellana, y en la otra punta del istmo.
