Edad Contemporánea España

La noche del 23-F: las dieciocho horas que pudieron cambiar España

Dieciocho horas con el Congreso secuestrado, los tanques en Valencia y un país pegado a la radio. En 2026, los papeles desclasificados han vuelto a abrir lo que aquella noche nadie podía saber.

Radio sobre una mesa y una pareja sentada al fondo, escuchando con preocupación en un salón.
Recreación con IA de una pareja pendiente de la radio durante la noche del 23-F, ambientada en 1981.

Hoy os hablo de dieciocho horas que pudieron cambiar España: las que pasaron desde que un teniente coronel de la Guardia Civil entró a tiros en el Congreso, el 23 de febrero de 1981, hasta que salió de él a la mañana siguiente. Cuarenta y cinco años después, el 25 de febrero de 2026, el Gobierno desclasificó buena parte de los documentos secretos sobre aquella noche, y ese mismo día murió, a los 93 años, Antonio Tejero, el hombre que la desató. Vayamos con la historia tal y como se vivió, sin adelantar todavía lo que hoy sabemos y entonces nadie podía saber.

Un país en vilo antes del asalto

El golpe no nace de la nada. Adolfo Suárez había dimitido como presidente del Gobierno el 29 de enero de 1981, desgastado por las luchas internas de UCD, el terrorismo de ETA y el malestar de una parte del Ejército con el ritmo de la Transición. Ese vacío es lo que varios sectores —militares y también civiles, como se sabría después— vieron como una oportunidad, cada uno con una idea distinta de cómo llenarlo.

La votación interrumpida

Son las 18:23 horas del 23 de febrero. El Congreso vota por segunda vez la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, tras no lograr mayoría en la primera. Entran más de 200 guardias civiles al mando de Tejero, que dispara su pistola al aire; el techo del hemiciclo lo acribilla uno de sus hombres con un subfusil, y ahí siguen los impactos. La grabación recoge el grito: «¡Quieto todo el mundo!». Casi todos se tiran al suelo. El presidente en funciones Suárez se queda sentado; el vicepresidente Gutiérrez Mellado se levanta y se encara a los guardias civiles; el comunista Santiago Carrillo permanece impasible. Gobierno y diputados quedan secuestrados dentro del hemiciclo.

Recreación de cuatro trabajadores en una emisora durante el 23-F, entre micrófonos, una mesa de sonido y noticias de teletipo.
Recreación con IA inspirada en Radio Popular de la Plana, en Vila-real —actual COPE Castellón—, durante la noche del 23-F. Los rostros y el estudio son imaginados.

La radio que no leyó el bando

Fuera, la información llega a trompicones. En la zona que Milans acaba de poner en estado de excepción, el bando del capitán general no pide colaboración: ordena a las emisoras leerlo en antena cada media hora y sustituir su programación por marchas militares. En Valencia no se queda en una orden por escrito. Los soldados entran en los estudios y se quedan dentro, vigilando que se cumpla.

En Vila-real, a sesenta kilómetros, el bando llega a las manos del periodista Xavier Manzanet, de Radio Popular de la Plana —la emisora que hoy es COPE Castellón—. Manzanet se lo lleva a su director, Juan Soler, y le pregunta qué hace con aquello. La respuesta cabe en tres palabras en valenciano: «Tirau al fem!!». Tiradlo a la basura.

Soler manda a casa a la plantilla, por si hay represalias, y se queda en la emisora acompañado solo por Manzanet, Manolo Molina y Gonzalo Juan. Los cuatro pasan la noche dando la información que llega por los teletipos de las agencias, sin leer el bando ni una sola vez. Semanas después, cuando Castellón salió a la calle a manifestarse en defensa de la Constitución, los partidos, los sindicatos y las entidades civiles decidieron por unanimidad quién debía leer la proclama: Soler.

Conviene una precisión, porque el relato local tiende a agrandarse. En Vila-real se recuerda su emisora como la única de España que mantuvo abierta la línea informativa, y no pudo serlo: aquella se recuerda como la noche de los transistores precisamente porque hubo radios dando información. Lo singular no es que informaran. Es que no leyeran el bando. En la propia Valencia, Radio Popular siguió dando noticias con los estudios tomados por la tropa, pero el bando acabó emitiéndolo: lo grabó una locutora, para que aquel texto no sonara en voz de hombre. En Vila-real no sonó ninguna vez, y quienes tomaron esa decisión no sabían cómo iba a acabar la noche.

Dos tanques recorren una calle de noche, entre coches aparcados y edificios con balcones, mientras dos personas observan desde un portal.
Recreación con IA del despliegue de tanques en Valencia durante la noche del 23-F. La calle y los detalles son interpretativos.

Valencia y la oferta de Armada

En Valencia, el teniente general Jaime Milans del Bosch declara el estado de excepción por su cuenta y saca a la calle la División Motorizada Maestrazgo: tropa, vehículos y carros de combate que se despliegan en los puentes de entrada a la ciudad, el puerto, el Ayuntamiento y la Diputación. La sublevación no se queda solo en un gesto simbólico: durante buena parte de la noche no está nada claro que otras capitanías generales no vayan a sumarse. Solo tras el mensaje del Rey, ya de madrugada, los capitanes generales que dudaban emiten comunicados de apoyo a la Constitución.

Dentro del hemiciclo, la noche se complica con una tercera pieza. El general Alfonso Armada, antiguo secretario de la Casa Real, entra en el Congreso de madrugada y le presenta a Tejero una lista de ministros para un gobierno de concentración. Tejero se niega: no es el gobierno militar que él esperaba, y la lista se convertirá después en una de las pruebas centrales contra Armada en el juicio. Qué sabía cada uno del plan del otro, y desde cuándo, sigue siendo objeto de debate historiográfico: la idea de «tres golpes dentro de un mismo golpe» —el asalto de Tejero, la sublevación de Milans y la salida política de Armada— describe bien el desconcierto de esa noche, pero que actuaran sobre un guion común es una interpretación, no un hecho acreditado en la sentencia.

Guardias civiles armados entre los escaños del Congreso, con diputados sentados y agachados detrás de los bancos.
Recreación con IA del interior del Congreso durante el golpe del 23-F. La escena y sus detalles son interpretativos.

El mensaje del Rey y el final del golpe

El rey Juan Carlos I pasa la noche llamando, uno por uno, a los capitanes generales para que ninguno más se sume a Milans. Un equipo de TVE llega a la Zarzuela hacia las 23:30 y, poco antes de medianoche, el Rey graba vestido de capitán general un mensaje que rechaza el golpe y respalda la Constitución. No se emite hasta la 1:12 de la madrugada. Esa hora larga de diferencia entre la grabación y la emisión es un intervalo que algunos historiadores han señalado como injustificadamente largo y que no está del todo aclarado. Milans retira los tanques de las calles de Valencia esa misma madrugada.

Tejero aguanta unas horas más dentro del Congreso. Es Armada quien negocia con él, ya entrada la mañana del 24, las condiciones de la rendición, y el acuerdo se firma sobre el capó de un vehículo militar: de ahí el nombre con el que se conoce, el pacto del capó. Tejero puso dos condiciones, y las dos se le concedieron: salir sin periodistas delante y que no se juzgara a los guardias civiles de rango inferior a teniente. Hacia las 10:30 empiezan a entregarse los primeros; en torno al mediodía salen el Gobierno y los diputados; sobre las 12:30 abandona el edificio el propio Tejero, algo más de dieciocho horas después de entrar a tiros. Mientras tanto, el país lo había administrado, sin que existiera un vacío legal de gobierno, una Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios presidida por Francisco Laína, director de la Seguridad del Estado, que leyó a los españoles una declaración pidiendo calma.

La Causa 2/81 se juzga en 1982. La Justicia Militar condena a Tejero y Milans del Bosch a 30 años por rebelión; a Armada, solo a seis. En 1983, el Tribunal Supremo eleva la pena de Armada a 30 años y, además, condena a ocho tenientes de la Guardia Civil que el tribunal militar había absuelto.

Lo que sabemos ahora, gracias a 2026

Todo lo anterior es lo que pudo saberse esa noche o en el juicio que vino después. Lo que sigue procede de los documentos que el Gobierno desclasificó el 25 de febrero de 2026, y conviene leerlo con la misma cautela con la que se presenta: son piezas nuevas, no un veredicto cerrado.

Un manuscrito de noviembre de 1980, de autoría no confirmada, nombra hasta siete veces a Manuel Fraga como el civil que sus autores querían al frente de un gobierno de recambio; eso documenta la intención de quien escribió el papel, no que Fraga lo supiera o lo aceptara. El CESID, la inteligencia española de entonces, tampoco fue del todo ajeno: los documentos sitúan a al menos seis miembros de su unidad de operaciones especiales, la AOME, con conocimiento previo o algún tipo de colaboración. Solo dos acabaron procesados: uno, condenado a seis años, indultado en 1984; el comandante José Cortina fue juzgado y absuelto, aunque los documentos ahora conocidos reabren la pregunta sobre su papel.

En los días siguientes al golpe, Ronald Reagan, Isabel II y Fidel Castro felicitaron por separado al Rey por su actuación; son gestos posteriores al fracaso del golpe, no una prueba de cómo se leyó la crisis mientras ocurría. El propio papel del Rey esa noche tampoco se ha interpretado siempre igual: en 2012 Alemania desclasificó un cable de su embajador en Madrid, Lothar Lahn.

Comprensión, cuando no simpatía, hacia los militares golpistas.

Lo que Juan Carlos I le confió semanas después del golpe, según el cable del embajador alemán en Madrid, Lothar Lahn. Desclasificado por Alemania en 2012.

Es la nota de un diplomático sobre una conversación privada, no una grabación del Rey ni prueba de que supiera del golpe de antemano.

Entre los papeles está también el llamado Informe Jáudenes, el que el CESID se hizo a sí mismo nada más pasar todo: el director interino, Narciso Carreras, encargó al teniente coronel Juan Jáudenes que averiguara qué habían hecho sus propios hombres, y el informe que salió de ahí, redactado en apenas once días, exculpaba al servicio. Hoy se lee al lado del otro, el que sitúa a seis de sus agentes dentro del golpe. Los dos llevaban 45 años en el mismo archivo.

Lo que fue de ellos

Milans del Bosch salió en libertad condicional el 1 de julio de 1991, tras nueve años y cuatro meses de prisión, y murió en 1997. Armada fue indultado en diciembre de 1988 y murió en Madrid en diciembre de 2013. Tejero, condenado a los mismos 30 años, fue el que más tardó en salir: libertad condicional el 3 de diciembre de 1996, tras quince años y nueve meses. Murió el 25 de febrero de 2026 en Alzira, en la provincia de Valencia, el mismo día en que España empezaba a leer los papeles de lo que él mismo desató.


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