Un judío al frente del gobierno de un rey musulmán. Su hijo ocupando después el mismo cargo. Y, al final, una multitud que mata al heredero y dirige su violencia contra los judíos de la ciudad. La historia de los Nagrela reúne esas tres situaciones en la Granada del siglo XI. Para entender cómo se pasó de una a otra hay que detenerse en algo más que el desenlace.
Hoy os hablo de Samuel y José ibn Nagrela. Vivieron en la Granada de los ziríes, una dinastía de origen bereber, durante la época de las taifas. En esos reinos de Al-Ándalus, surgidos de la descomposición del califato de Córdoba, una carrera en la corte podía llevar muy lejos. La de Samuel llegó hasta el gobierno, el mando militar y la dirección de su comunidad.
Samuel, del comercio a la corte
La tradición cuenta su ascenso a partir de una habilidad poco guerrera: escribir bien. Instalado en Málaga, Samuel tenía un pequeño comercio y redactaba cartas para alguien de la casa del visir. La calidad de aquellas cartas llamó la atención y le abrió las puertas de la administración. Así lo recoge la antigua Jewish Encyclopedia, apoyándose en la tradición biográfica judía. Conviene leerlo como un relato transmitido sobre sus comienzos, no como una escena de la que conservemos todos los detalles.
Samuel terminó al servicio de los reyes de Granada. La misma síntesis cuenta que apoyó a Badis en la disputa sucesoria abierta a la muerte de Habus. Ese apoyo ayuda a entender su posición: además de saber escribir, tenía que elegir aliados y resultar útil al monarca. Su carrera continuó bajo el nuevo rey.
El cargo de visir lo situaba en el centro del gobierno. Samuel también dirigió ejércitos granadinos, una faceta que sorprende al lado de su actividad como poeta y estudioso de la tradición judía. No era simplemente un hombre de letras al que el rey permitía vivir cerca de palacio. Participaba en las decisiones y en los conflictos del reino.
Dentro de la comunidad judía era conocido como nagid, su dirigente. Empleó parte de sus recursos en facilitar libros a estudiosos que no podían pagarlos y protegió a escritores. La Jewish Encyclopedia recuerda entre ellos a Ibn Gabirol. El poder del ministro tenía así una prolongación fuera de la corte: podía abrir oportunidades a otras personas, sostener estudios y reunir apoyos.

José recibe el cargo
A mediados de la década de 1050, José sucedió a su padre. Recibía una posición excepcional y una relación ya establecida con Badis. Sin embargo, haber nacido en aquella familia no le garantizaba conservar los mismos apoyos.
Los relatos de su caída lo presentan rodeado de enemistades. La Jewish Encyclopedia recoge acusaciones de que controlaba al rey mediante espías y de que había pactado con el gobernante de Almería la entrega de Granada. Son acusaciones transmitidas por las fuentes, no hechos que podamos presentar sin atribución. Su repetición tampoco permite darlas por demostradas.
En esa hostilidad se mezclaban el cargo que ocupaba y su condición de judío. El poema de Abu Ishaq de Elvira permite ver hasta qué punto podía atacarse a un ministro extendiendo la acusación a toda una comunidad. Los enemigos que aparecen en aquellos versos ya no son únicamente José o sus colaboradores.
Del asesinato del visir a la matanza
Abraham ibn Daud, que escribió en el siglo XII, fecha el asesinato en un sábado, el 9 de tevet de 4827, correspondiente al 30 de diciembre de 1066. Según su relato, recogido por José Ramón Ayaso, los responsables fueron magnates bereberes. La violencia alcanzó después a los judíos de Granada y a visitantes llegados de otros lugares.
La versión más tardía de Ibn al-Jatib añade una secuencia concreta: los atacantes creyeron que José había perdido el favor de Badis, asaltaron su residencia y la saquearon. A esa versión atribuye Ayaso el escondite en una habitación con carbón y el rostro tiznado para huir. José fue descubierto, asesinado y su cuerpo expuesto en una cruz. Es un relato del siglo XIV; sus detalles deben conservar esa atribución.
El asesinato del visir no fue el final del ataque. Ese es el cambio decisivo de la historia: la violencia dejó de tener como único objetivo al hombre que gobernaba junto al rey y alcanzó a personas ajenas a las intrigas de palacio. La posición de José no explica por sí sola la persecución de sus correligionarios.
La síntesis de la Jewish Encyclopedia habla de más de mil quinientas familias y unas cuatro mil personas muertas. Son cifras transmitidas por la historiografía, no un recuento que podamos verificar. No tenemos aquí una relación de víctimas ni una reconstrucción segura del recorrido de los atacantes. Contar la matanza exige reconocer ese límite sin reducirla a una simple disputa entre cortesanos.

El poema y sus lectores posteriores
Abu Ishaq dirigió a Badis una invectiva contra José y los judíos de Granada. Presentaba su prosperidad como una humillación para los musulmanes y reclamaba violencia y confiscaciones. Es un testimonio de hostilidad antijudía; otra cuestión es demostrar que desencadenara la matanza.
Nicola Carpentieri señala que no conocemos la fecha exacta de composición. También recuerda que el primer autor que relaciona expresamente el poema con los hechos de 1066 es Ibn al-Jatib, tres siglos después. Las fuentes historiográficas anteriores no establecen esa conexión. La distancia no demuestra que el poema no influyera, pero impide contar como hecho probado que unos versos bastaron para levantar la ciudad.
Algo parecido ocurre con la explicación del poeta resentido por no haber conseguido un puesto. Carpentieri revisa las lecturas biográficas de su poesía y advierte contra identificar automáticamente al autor con la voz de sus versos. Por eso, las ambiciones frustradas deben presentarse como interpretación, no como un motivo personal demostrado.
Podemos reconocer la violencia del poema y, al mismo tiempo, dejar abierta la pregunta sobre su papel concreto. Lo que falta documentar no se resuelve eligiendo la explicación más sencilla.
Granada después de los Nagrela
La viuda de José y su hijo encontraron refugio en Lucena, según la tradición recogida en la Jewish Encyclopedia. Para ellos, el desenlace fue la huida y la pérdida de la posición familiar.
La comunidad granadina tampoco desapareció por completo: Ayaso remite a los Ibn Ezra y, después, a Yehudah ibn Tibbón como ejemplos de vida judía posterior. Esa continuidad no borra la matanza. Impide, eso sí, cerrar la historia diciendo que en 1066 terminó todo.
Samuel había podido reunir gobierno, mando y protección de estudiosos. José recibió ese poder y acabó asesinado. A su alrededor fueron atacadas personas cuyo único vínculo con el visir era pertenecer a la misma comunidad religiosa. Ese paso de la rivalidad contra un gobernante a la violencia contra los judíos de una ciudad es lo que hace que la historia de los Nagrela vaya mucho más allá de una familia.