Edad Moderna Corsarios

La oreja de Jenkins y la verdadera historia de la guerra del Asiento

En 1731, un guardacostas español cortó una oreja al capitán inglés Robert Jenkins cerca de La Habana. Siete años después, la oposición británica convirtió aquella herida en arma política.

Recreación de marineros españoles de un guardacostas subiendo a bordo de un bergantín mercante británico en el Caribe, en 1731.
Recreación artística (IA) del abordaje de un guardacostas español a un mercante británico, 1731.

En 1731, un guardacostas español cortó una oreja al capitán inglés Robert Jenkins cerca de La Habana. Siete años después, la oposición británica convirtió aquella herida en arma política. Pero la guerra de 1739 tuvo otras causas, y la escena más famosa nunca se ha podido probar.

La guerra de la oreja de Jenkins tiene uno de los nombres más extraños de la historia. Casi todo el mundo conoce la escena que la explica: un capitán inglés planta ante el Parlamento de Londres un frasco con la oreja que le cortaron los españoles, y la Cámara, indignada, empuja al país a la guerra. Es una gran historia. Pero la oreja existió y el frasco, que se sepa, no. Vayamos con lo que dicen los documentos.

Qué le pasó a Jenkins: el abordaje del Rebecca (1731)

El 9 de abril de 1731 (el 20 para los españoles, porque los ingleses todavía iban once días por detrás con su calendario), un guardacostas español detuvo cerca de La Habana al bergantín Rebecca, que viajaba de Jamaica a Londres. Lo mandaba el capitán Robert Jenkins. El guardacostas estaba a las órdenes de Juan de León Fandiño, un marino con licencia del rey de España para perseguir el contrabando.

Esas licencias, las patentes, eran lo que separaba a un corsario de un pirata. El pirata atacaba por su cuenta; el corsario lo hacía con permiso de su rey y, a cambio, se quedaba con buena parte de lo que apresaba. Fue el caso de Amaro Pargo, el corsario canario de esos mismos años. Muchos guardacostas del Caribe eran particulares armados que actuaban con esa clase de autorización.

Lo que pasó a bordo lo contó The Gentleman’s Magazine, en Londres, en junio de ese mismo año. Según la noticia, los españoles torturaron a la tripulación: colgaron al capitán tres veces, una de ellas con el grumete a sus pies, le cortaron una oreja, se llevaron sus instrumentos de navegación y lo retuvieron un día entero. Cuando lo soltaron, Jenkins puso rumbo a La Habana, pero el guardacostas lo siguió y le amenazó con quemar el barco si no se marchaba de inmediato hacia el golfo. La Rebecca llegó al Támesis el 11 de junio y Jenkins pudo exponer su caso ante el rey Jorge II.

The Gentleman's Magazine, junio de 1731, p. 265
La noticia original: The Gentleman’s Magazine, junio de 1731, p. 265 (Internet Archive).

No todas las versiones coinciden. La Pennsylvania Gazette, de Filadelfia, publicó en octubre de 1731 un relato, recogido por estudios posteriores, que atribuye el corte a un teniente llamado Dorce, no al propio Fandiño. Según ese relato, Dorce le rajó la oreja izquierda con el alfanje, otro español se la arrancó y después se la devolvió para que se la llevara «a Su Majestad el rey Jorge». La orden de llevarle la oreja al rey ya se contaba, por tanto, en 1731. Lo que llegó después es la frase completa que se suele poner en boca del español: «dile que, si estuviera aquí, le haría lo mismo». Eso es tradición, no una cita documentada.

¿Víctima o contrabandista?

Para entender el abordaje hay que entender el Caribe de entonces. España solo permitía a los británicos un comercio muy limitado con sus colonias: el asiento de esclavos y un único barco anual de mercancías, el llamado navío de permiso, que Gran Bretaña había conseguido en el Tratado de Utrecht (1713). Todo lo demás era contrabando, y había muchísimo. Los guardacostas registraban los barcos sospechosos, y a veces se excedían. En la misma página que la noticia de Jenkins, la Gentleman’s Magazine contaba que otro guardacostas había apresado a finales de abril al Bacchus, otro mercante que venía de Jamaica, tras izar una bandera roja con una calavera.

Lo más revelador sobre aquel ambiente lo escribió un inglés. El contraalmirante Charles Stewart, jefe de la flota británica en Jamaica, protestó ante el gobernador de La Habana por los abusos de Fandiño. Sin embargo, en una carta al duque de Newcastle de octubre de 1731 reconocía que los tripulantes de las balandras que salían de Jamaica para el comercio ilegal le habían presumido más de una vez de haber matado a siete u ocho españoles en sus propias costas. A esos supuestos comerciantes los describía como poco más que buhoneros, y recordaba que uno de ellos había estado preso por piratería.

Nada de esto prueba que Jenkins fuera uno de ellos. Stewart hablaba de los contrabandistas de Jamaica en general, y no consta que la Rebecca llevara mercancía ilegal. Pero explica por qué, para un guardacostas español, ningún mercante inglés era inocente de entrada. La oreja fue real. La inocencia del capitán ni se puede probar ni se puede descartar.

¿Enseñó Jenkins su oreja en el Parlamento?

Recreación de diputados británicos con peluca debatiendo acaloradamente en la Cámara de los Comunes en 1738, con documentos sobre la mesa central.
Recreación artística (IA) de la Cámara de los Comunes en 1738, cuando las quejas de los comerciantes resucitaron el caso Jenkins.

Aquel verano de 1731 el asunto no pasó de las protestas diplomáticas y quedó olvidado. Siete años después, en 1738, los comerciantes de las Indias Occidentales inundaron el Parlamento de quejas por los apresamientos españoles, y la oposición al primer ministro Robert Walpole encontró en ellas un arma política.

En marzo de 1738 la Cámara de los Comunes ordenó que Jenkins compareciera. Eso es lo que consta. Los registros que se conservan no aclaran cómo fue su intervención, ni siquiera si llegó a producirse. Y nada en ellos respalda que sacara la oreja de una caja o de un frasco, ni que respondiera a los diputados que había encomendado «su alma a Dios y su causa a su patria». Esos detalles se repitieron después hasta convertirse en la versión oficial. Tampoco es cierto lo contrario: ni Jenkins se inventó la historia ni perdió la oreja en la picota por algún delito, como llegó a decirse. La prensa ya lo había publicado en 1731.

Lo que sí hubo fue propaganda a manos llenas. El Mercurio histórico y político, que se publicaba en Madrid, contó a sus lectores un baile de máscaras celebrado en Londres el 21 de febrero de 1739. Según su crónica, un enmascarado vestido de español, con una soga y la inscripción «el caballero de la oreja», hacía arrodillarse a unos falsos marineros ingleses, hasta que entraban otros «ingleses» vengados, con orejas ensangrentadas y el lema «oreja por oreja».

Las verdaderas causas de la guerra de la oreja de Jenkins

Walpole no quería la guerra. El 14 de enero de 1739 su gobierno firmó con España la Convención de El Pardo, por la que Madrid reconocía un saldo de 95.000 libras a favor de la Corona y los súbditos británicos. Pero España se reservó el derecho de suspender el asiento si la Compañía del Mar del Sur no pagaba las 68.000 libras que había reconocido deber al rey de España. La compañía se negó, y en Londres el acuerdo fue recibido con un clamor de rechazo. En agosto de 1739 el gobierno británico autorizó represalias y el 19 de octubre (el 30 según el calendario español) declaró la guerra.

La fiebre fue enorme. El almirante Edward Vernon había presumido en el Parlamento de que le bastarían seis barcos para tomar Portobelo, en la costa de Panamá. En noviembre de 1739 tomó la plaza, y medio país lo celebró como una gesta. Tanto, que en Londres una granja se bautizó Portobello Farm, y el camino que llevaba a ella es hoy la famosa Portobello Road.

Aquella fiebre la alimentaba la misma oposición que había resucitado la oreja de Jenkins. En el verano de 1740, en Cliveden, la residencia del príncipe de Gales, se estrenó una obra musical titulada Alfred. Su número final era una canción que todavía hoy se canta cada año en la última noche de los Proms de Londres: «Rule, Britannia!». Suele traducirse como «Britania gobierna las olas», pero el título es una orden: «¡Gobierna, Britania!». Tampoco se compuso para celebrar Cartagena de Indias, como a veces se lee, porque Cartagena llegó un año después. Nació dentro de la misma campaña que había convertido una oreja en bandera: la de quienes querían la guerra con España.

Recreación de una multitud en una calle de Londres en 1739 levantando los sombreros para celebrar la declaración de guerra contra España, con una iglesia al fondo.
Recreación artística (IA) de Londres celebrando la declaración de guerra contra España, octubre de 1739.

A Walpole, según su biógrafo William Coxe, que escribió casi sesenta años después, se le atribuye la frase que mejor resume aquel ambiente: «Ahora tocan las campanas; pronto se retorcerán las manos».

La guerra se hizo por el contrabando, por el derecho de registro y por las deudas del asiento. En España se la llamó guerra del Asiento. El nombre de la oreja lo popularizó más de un siglo después un historiador escocés, Thomas Carlyle, en su biografía de Federico el Grande de Prusia.

Qué fue de Jenkins y de Fandiño

De Jenkins, después de 1738, apenas se sabe nada seguro. Fandiño, en cambio, siguió dando guerra. En 1740 mandaba galeras en la defensa de San Agustín, en Florida, frente a la invasión del general Oglethorpe. En junio de 1742 el capitán británico Thomas Frankland lo apresó. En su informe, Frankland contaba que el español llevaba licencia del rey desde 1719, que nunca lo habían capturado y que había dicho muchas veces que prefería mil veces que lo mataran a que lo cogieran. Al final, según el mismo informe, su tripulación se metió en la bodega y fue él quien ordenó a un prisionero inglés que arriara la bandera. Frankland lo envió preso a Inglaterra. Qué fue de él después, no está claro.

Del frasco a la medalla

La guerra que la propaganda atribuyó a la oreja de un capitán inglés tuvo su gran capítulo en Cartagena de Indias, en 1741. Allí esperaba a los británicos una plaza bien defendida, y entre sus defensores estaba un marino al que varias batallas habían dejado mutilado: Blas de Lezo. Vernon mandó a Inglaterra noticias de victoria antes de tiempo, y allí se acuñaron medallas que la daban por hecha, con Lezo arrodillado entregando su espada a Vernon. Esa rendición, como el frasco de Jenkins, solo existió en la propaganda. Lo que pasó de verdad en Cartagena merece su propia historia.


¿Añades algo?

Cuéntame qué te ha parecido. Los comentarios se leen todos.

Tu correo no se publica y solo se usa para responderte. El primer comentario de cada persona pasa por moderación; los siguientes salen directos. Política de privacidad.

Boletín editorial

Una lectura histórica cuidada, sin ruido.