De las dos grandes batallas que Alfonso VIII de Castilla libró contra los almohades, todos recordamos la que ganó. Las Navas de Tolosa, 1212, sale en los libros de texto. La otra la perdió diecisiete años antes, en la misma frontera y contra el mismo enemigo, y fuera de Ciudad Real apenas la conoce nadie.
Fue el 19 de julio de 1195, junto al Guadiana, a ocho kilómetros de donde hoy está la capital. Y lo más llamativo de aquel desastre no es cómo se perdió, sino que el rey lo empezó a sabiendas: le declaró la guerra al califa con la muralla de Alarcos a medio levantar.
Un rey con prisa
Alfonso VIII llevaba años empujando la frontera hacia el sur. Había fundado Plasencia, le había quitado a los musulmanes la fortaleza de Alarcón y estaba levantando una villa nueva en el cerro de Alarcos, sobre el Guadiana, para asegurar el paso.
Enfrente tenía a Abu Yusuf Yaqub al-Mansur, «el Victorioso», califa almohade, que cruzó el Estrecho para responder a las cabalgadas castellanas.
Para hacerse una idea de con quién se estaba metiendo, basta con mirar quién le había escrito cuatro años antes.
En 1190, con Jerusalén recién recuperada y los cruzados encima, Saladino manda una embajada a Marraquech a pedirle ayuda: que saque su flota al estrecho de Sicilia y corte el paso a los ejércitos que van hacia Tierra Santa. La lleva Ibn Munqidh, que peregrina a La Meca ese año y llega al Magreb a principios de 1191. No encuentra al califa, que anda por al-Ándalus, y tiene que esperarle en Fez.
Lo sabroso es lo que Saladino hacía mientras tanto: apoyaba a los Banu Ganiya, los rebeldes levantados contra los almohades en Ifriqiya. Le pedía la flota al hombre a cuyos enemigos financiaba. Ese nombre, el de los Banu Ganiya, volverá a salir.
Ese era el enemigo que tenía enfrente. Y entonces, «todavía no acabado el muro y no afianzados los pobladores del lugar», Alfonso VIII le declaró la guerra. La frase es de la Crónica latina de los reyes de Castilla, que no es precisamente un texto hostil al rey: lo llama «el rey glorioso» cada vez que lo nombra. Si el reproche sale de ahí, es que el detalle pesaba.
Lo raro no es perder, es pelear
Hay algo aquí que rompe la idea que tenemos de la guerra medieval: las batallas campales eran rarísimas.
Lo habitual era otra cosa, mucho menos vistosa. Cabalgadas, asedios, quemar cosechas, arrasar el territorio del vecino. Salía más barato, se ajustaba mejor a los recursos de cada reino y solía funcionar. Jugárselo todo en una mañana era una temeridad, y los reyes lo sabían.
Así que la pregunta no es cómo perdió Alfonso VIII, sino por qué aceptó jugar.
La respuesta está en lo que hizo los días anteriores. El rey de León venía en su ayuda y estaba ya en tierras de Talavera. Varios hombres con experiencia en la guerra le aconsejaron esperarlo. No esperó. Prefería arriesgar su vida y su reino antes que consentir que el califa pisara un palmo de Castilla.
El día que no pasó nada
Al amanecer, Alfonso VIII saca el ejército al campo convencido de que los almohades atacarán ese mismo día.
No atacan.
Los castellanos aguantan formados desde el alba hasta pasado el mediodía, con la armadura puesta, bajo el sol de julio en La Mancha. Cuando queda claro que nadie se va a mover, vuelven al campamento pensando que el enemigo no se atreve.

Era justo lo que el califa buscaba: que llegaran al día siguiente reventados «por el peso de las armas y por la sed». El cronista castellano lo remata con cuatro palabras: «Como así sucedió».
Los almohades se preparan hacia la medianoche y aparecen de madrugada en el mismo campo que los castellanos habían ocupado el día antes. En el campamento cristiano se arma un revuelo, y de allí salen «rápidamente y sin orden». En la primera línea caen Ordoño García de Roda y sus hermanos, Pedro Rodríguez de Guzmán y su yerno Rodrigo Sánchez.
El rey quiere quedarse y morir allí. Son los suyos quienes lo sacan del combate «casi de mala gana y a regañadientes», por lo que le pueda pasar al reino. Llega a Toledo con un puñado de hombres.
Sesenta a uno
Del lado árabe las cifras son demoledoras: treinta mil cristianos muertos, menos de quinientos musulmanes. Sesenta a uno.
Antes de repetirlas hay que saber de dónde salen. Quien las da es al-Himyari, y escribe en el siglo XV, doscientos cincuenta años después; su obra no es una crónica de la batalla, sino un diccionario geográfico que recoge noticias ajenas. Las cifras redondas de las crónicas medievales suelen decir más sobre el tamaño que se quiere transmitir que sobre lo que alguien contó.
En lo demás, sin embargo, coincide con la versión castellana: el rey escapando a Toledo con pocos hombres, los supervivientes encerrados en la fortaleza de Alarcos y liberados a cambio de rehenes. Cuando dos fuentes enemigas coinciden en la forma y no en los números, lo aprovechable es la forma.
No fue un día, fueron dos años
Esto es lo que casi nunca se cuenta, y es lo que de verdad hizo el daño.
Después de Alarcos caen Calatrava, Santa Cruz, Montánchez, Trujillo y Plasencia. Los almohades sitian Toledo en 1196 y vuelven en 1197. Saquean Madrid, Guadalajara, Alcalá, Talavera, Escalona, Maqueda, Huete, Uclés y Cuenca. Y arrasan a conciencia lo que da de comer: viñedos, olivares, huertas.
Esa es la guerra de verdad de aquella frontera. La rutinaria, la que no deja nombre de batalla y arruina un reino.
Nadie estaba donde debía
Y aquí está lo que peor encaja con la idea de una guerra de cristianos contra musulmanes.
Mientras Castilla se desangra, el noble Pedro Fernández de Castro negocia una alianza en toda regla entre el reino de León y los almohades. En 1196, un cuerpo de ejército almohade opera en Tierra de Campos, mucho más al norte de donde solía llegar. El motivo no tiene nada de religioso: León quiere recuperar tierras de frontera que considera suyas, en un pleito con Castilla que el tratado de Tordehumos no había cerrado.
La crónica castellana lo cuenta con rabia. El rey de León, que había salido en ayuda de Alfonso VIII, al llegar a Toledo «se convirtió en arco de maldad» y «de amigo pasó a cruel enemigo». Lo achaca al rencor que le quedó de las Cortes de Carrión, donde el castellano lo armó caballero y le hizo besarle la mano. Es un castellano hablando de un leonés y se le nota. Pero detrás del enfado hay un hecho: León se alió con el califa.
No fue el único. Sancho VII de Navarra, presionado por la ofensiva castellana que empieza en 1199, busca también apoyo almohade. Y en el otro extremo del tablero, el rey de Aragón suministra mercenarios a los Banu Ganiya, que son precisamente quienes se han levantado contra los almohades en el norte de África. Los mismos, como acabamos de ver, a los que apoyaba Saladino.
Ahí están, sosteniendo a los mismos rebeldes contra el mismo califa: el héroe del islam y un rey cristiano.
Cada uno iba a lo suyo.
Lo que la victoria le costó al ganador
En Sevilla, el califa celebra el triunfo en piedra. El alminar de la mezquita mayor —la Giralda— se remata con un yamur encargado para conmemorar Alarcos: cuatro esferas doradas, ensartadas en una barra de hierro. Se colocan en marzo de 1198, con el califa, su corte y media ciudad mirando. Un terremoto las tiró más de siglo y medio después.

Y por esas mismas fechas, el mismo califa destierra a Averroes.
El filósofo cordobés había sido cadí mayor de Sevilla y de Córdoba, médico de la corte y comentarista de Aristóteles por encargo del padre del propio al-Mansur. Lo destierran poco después de la batalla, y en 1195 se prohíbe oficialmente estudiar filosofía.
¿Por qué? Hay dos explicaciones, y las dos son conjeturas de historiadores actuales, no cosa que diga ninguna crónica. Una dice que el califa necesitaba a los juristas ortodoxos para su guerra santa y pagó el precio que le pidieron. La otra le da la vuelta: tener filósofos heterodoxos en la corte resulta útil precisamente porque se los puede castigar cuando hace falta una demostración pública de ortodoxia. Ninguna está demostrada. Lo que sí sabemos es que las dos cosas ocurrieron casi a la vez: la torre y el destierro.
Y sin embargo, no fue la cumbre
Suele decirse que Alarcos marca el apogeo almohade y que a partir de ahí empieza la cuesta abajo que rematarán Las Navas. Visto desde Marrakech no se parece tanto. Aquello fue una intervención africana más en al-Ándalus, y el imperio iba del Atlántico a Ifriqiya: medirlo con una batalla peninsular es mirarlo por un agujero.
Y el prestigio tampoco se lo dio Alarcos: ya lo tenía cuando Saladino le escribió pidiéndole la flota.
De hecho la expansión siguió. Al-Mansur muere en 1199 y sus sucesores toman Menorca en 1202 y Mallorca en 1203.
Lo que Alarcos sí hizo fue enseñarles dos cosas a los reinos cristianos: que competían entre ellos más de lo que les convenía, y que los musulmanes no eran la fuerza desdeñable que las conquistas de las décadas anteriores les habían hecho creer.
Diecisiete años después, en Las Navas de Tolosa, Castilla, Aragón y Navarra pelearon juntos.
La revancha
Las crónicas castellanas vendieron Las Navas como el desquite de Alarcos, y lo dijeron con todas las letras. La Primera Crónica General cuenta que Alfonso VIII «tenie muy a coraçon el danno et el quebranto que el et la cristiandad auien recebido en la batalla de Alarcos», y que en las Navas «tomo el tal emienda et tal uengança dellos».
El recuerdo pesaba, desde luego. Pero lo que precipitó la campaña de 1212 fue la caída de la fortaleza de Salvatierra, en septiembre de 1211, que dejó claro que aguantar ya no bastaba.
La judía de Toledo
Pero antes de la revancha hubo que explicar el desastre, y la explicación que cuajó no tiene nada de militar.
Alfonso VIII estaba casado con Leonor Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania y hermana de Ricardo Corazón de León. Y varias crónicas castellanas contaron que, pese a ese matrimonio, el rey había pasado siete años con una judía de Toledo, y que Alarcos fue el castigo de Dios por aquellos amores.
Sancho IV se lo dejó escrito a su hijo como advertencia contra los pecados de la carne: por siete años de mala vida con una judía de Toledo, dice, Dios le dio «grande llaga y grande majamiento en la batalla de Alarcos».
Y eso es todo lo que dice la versión antigua. Ni un nombre, ni un palacio, ni un asesinato.
Lo demás se fue añadiendo con los siglos. La joven pasó a llamarse Raquel, «la Fermosa»; los amores se situaron en el palacio de Galiana, a orillas del Tajo; entraron judíos en la corte por su influencia; los nobles acabaron matándola. La historia completa, la que hoy se cuenta en Toledo, no cuaja hasta el teatro del Siglo de Oro.
Ninguna de esas capas es contemporánea de la batalla. La más antigua llega casi un siglo después, y de la propia Raquel no queda un solo documento de su época: quienes han buscado a una «Fermosa» en los papeles del momento solo dan con una que casi con seguridad era cristiana.
No fue una mentira que alguien colara. Fue una derrota que necesitaba un culpable, y lo encontró donde solía encontrarse: en una mujer y en una minoría.
Del otro lado la batalla se contó —al-Himyari la recoge, ya lo hemos visto—, pero apenas se convirtió en leyenda. Entre los relatos míticos árabes examinados en el estudio que seguimos aparecen dos narraciones del siglo XIV, de autores marroquíes. Puede que se hayan perdido textos, o puede que la victoria no calara tanto como cabría esperar.
La zanja
Entre 1985 y 1995 se excavó la muralla medieval de Alarcos. En todos los cortes abiertos, sobre un nivel limpio, aparecieron armas y huesos que los arqueólogos atribuyen sin dudarlo a la batalla.
Y encontraron algo más. La zanja de cimentación de la muralla —el surco abierto en la roca para asentar el muro— se había usado como fosa común. De ahí deducen que la obra seguía sin terminar, ocho siglos después de que lo dijera la crónica.
La zanja que se abrió para levantar la muralla de Alarcos acabó sirviendo de sepultura a los muertos de la batalla.
